IGLESIA PERSEGUIDA

IGLESIA PERSEGUIDA

sábado, 12 de agosto de 2017

DOMINGO 13 DE AGOSTO, 19º DEL TIEMPO ORDINARIO


«¡ÁNIMO, SOY YO, NO TENGÁIS MIEDO!»


      Confieso que este texto siempre me ha ayudado en todos los momentos de mi vida por la sabiduría que encierra.
     Jesús ora en la madrugada. Busca los lugares solitarios. Pero, nunca se olvida de la gente. Los que dicen de los orantes que se olvidaron de la humanidad caen en la calumnia y expresa que ellos nunca oraron de verdad.
     La clave está en que Jesús, desde su oración, desde el monte, contempla a los que se debaten con miedo, con perplejidad, en los mares embravecidos de la vida. Jesús camina hacia ellos, camina hacia las aguas, que es propio de Yahvé, de Dios, del Espíritu, que se cernía sobre las aguas.
     Este pasaje expresa maravillosamente que Jesús es, cien por cien, divino y cien por cien humano. En su divinidad camina sobre las aguas, en su humanidad se conmueve ante las personas que lo está pasando muy mal.
     El miedo siempre paraliza el corazón humano y nos hunde. Jesús anima a Pedro a caminar hacia Él. Al principio lo consigue y, después, la duda y las dificultades del mar embravecido le hacen hundirse en el agua. Al final, el Señor cuando nos fiamos y confiamos en su Corazón nos saca siempre de los apuros. Ni nos traga la corriente, ni nos hundimos en el mar. Cuando nos cogemos de su mano, aunque nos digan que somos personas de poca fe y que la duda forma parte de nuestra vida de seguimiento de Jesús, salimos siempre a flote.
     Marchemos siempre tras el Señor y descubramos que no existe nada que nos lance más al auténtico compromiso con los hermanos que cuando somos capaces de entregar la vida por amor y sembrar de esperanza y de acogida a los que se debaten en el mar embravecido de la vida, con nubes de miedo y con la confianza en su Corazón

+Francisco Cerro Chaves - Obispo de Coria-Cáceres 




AGOSTO 2017

«Bueno es Yahvé para con todos, tierno con todas sus criaturas» (Sal 145,9).

     Este salmo es un canto de gloria para celebrar la realeza del Señor, que domina sobre toda la historia: es eterna y majestuosa, pero se expresa en la justicia y en la bondad y se parece más a la cercanía de un padre que al poder de un dominador. Dios es el protagonista de este himno, que revela su ternura sobreabundante como la de una madre: Él es misericordioso, piadoso, lento a la ira, grande en el amor, bueno con todos...
     La bondad de Dios se ha manifestado hacia el pueblo de Israel, pero se extiende sobre todo lo que ha salido de sus manos creadoras, sobre cada persona y sobre toda la creación.
     Al final del salmo, el autor invita a todos los vivos a unirse a este canto para multiplicar su anuncio, en un armonioso coro de muchas voces:

«Bueno es Yahvé para con todos, tierno con todas sus criaturas»

     Dios mismo confió la creación a las manos laboriosas del hombre y de la mujer, como libro abierto en el que está escrita su bondad. Y ellos están llamados a colaborar en la obra del Creador y a añadir páginas de justicia y de paz caminando según su designio de amor. Pero, por desgracia, lo que vemos a nuestro alrededor son las muchas heridas infligidas a personas muchas veces indefensas y al entorno natural. Y es debido a la indiferencia de muchos y al egoísmo y la voracidad de quienes explotan las grandes riquezas del entorno solo para sus intereses, en perjuicio del bien común.
     En los últimos años se ha abierto camino en la comunidad cristiana una nueva consciencia y sensibilidad en favor del respeto a la creación; desde esta perspectiva podemos recordar muchos llamamientos autorizados que nos animan a redescubrir la naturaleza como espejo de la bondad divina y patrimonio de toda la humanidad.

  «Bueno es Yahvé para con todos, tierno con todas sus criaturas»
  
     Así lo expresa el patriarca Bartolomé I en su Mensaje para la Jornada de la Creación del año pasado: «Se requiere una vigilancia continua, formación y enseñanza, de modo que quede clara la relación de la crisis ecológica actual con las pasiones humanas [...] cuyo [...] resultado y fruto es la crisis ambiental en que vivimos. Por tanto, el único camino lo constituye el retorno a la belleza antigua [...] de la moderación y de la ascesis, que pueden llevar a gestionar sabiamente el entorno natural. En particular la avidez, con la satisfacción de las necesidades materiales, lleva con certeza a la pobreza espiritual del hombre, la cual comporta la destrucción del entorno natural».
     Y el papa Francisco ha escrito en el documento Laudato si: «El cuidado de la naturaleza es parte de un estilo de vida que implica capacidad de convivencia y de comunión. Jesús nos recordó que tenemos a Dios como nuestro Padre común y que eso nos hace hermanos. El amor fraterno solo puede ser gratuito [...]. Esta misma gratuidad nos lleva a amar y aceptar el viento, el sol o las nubes aunque no se sometan a nuestro control. [...] Hace falta volver a sentir que nos necesitamos unos a otros, que tenemos una responsabilidad por los demás y por el mundo, que vale la pena ser buenos y honestos».
     Así pues, aprovechemos algún rato libre de las tareas laborales, o todas las ocasiones que tengamos durante el día, para dirigir la mirada a la profundidad del cielo, la majestad de las cimas y la inmensidad del mar, o si no a una simple brizna de hierba que ha brotado a la orilla del camino. Nos ayudará a reconocer la grandeza del Creador amante de la vida y a encontrar la raíz de nuestra esperanza en su infinita bondad, que todo lo envuelve y acompaña.
     Elijamos para nosotros y para nuestra familia un estilo de vida sobrio, respetuoso con las exigencias del entorno y proporcionado a las necesidades de los demás, para enriquecernos de amor. Compartamos los bienes de la tierra y del trabajo con los hermanos más pobres y testimoniemos esta plenitud de vida y de alegría haciéndonos portadores de ternura, benevolencia y reconciliación en nuestro entorno.
Leticia Magri


domingo, 6 de agosto de 2017

DOMINGO 6 DE AGOSTO, 18º DEL TIEMPO ORDINARIO- LA TRANSFIGURACIÓN DEL SEÑOR.


«SEÑOR, ¡QUÉ BUENO ES QUE ESTEMOS AQUÍ!»

        Subir al Monte de la Transfiguración, para unirse al Señor de la vida en la cumbre, exige después bajar al valle de la desfiguración, donde viven los hermanos. Jesús sube con los tres íntimos. Están subiendo a Jerusalén donde le espera la muerte y la resurrección. Están cansados y fatigados del camino. Sólo el pensar en la experiencia de la cruz les echa para atrás.
     Jesús, sin embargo, les anima a subir a los que quieren ser sus íntimos, al Monte de la Transfiguración para hacerles descubrir en profundidad quien es, y por otra parte es algo así como una llamada a que sus vidas sean una llamada a vivir contemplándole. Como Moisés, vivir acogiendo la Ley de Dios, y como Elías, vivir la dimensión de caminar, de ser peregrino contemplativo, el hombre que busca en todo la voluntad de Dios, del místico que busca en el desierto de la oración la fuerza para vivir en la verdad…
     Aquí, Pedro expresa lo que es el seguimiento de Jesús. Así lo ha visto el oriente y el occidente cristiano. Probablemente, nunca comprenderemos nuestra profunda vocación si no decimos una y otra vez al Señor: “Que bien se está contigo”. Descubrir el gozo y la alegría de estar con Él hasta asombrarse. Siempre, desde la realidad del aquí y el ahora. Es tanto así que Pedro quiere retener para siempre el momento y manda hacer tres chozas para que nunca más bajemos de este lugar. El Señor nos invita a la disponibilidad de bajar y compartir con los hermanos más empobrecidos.
     Tres palabras concretas a la persona que se ha dejado seducir por el Señor 1) somos amados, 2) predilectos en quien el Señor se complace, 3) somos preciosos para Dios. Nuestra vida es para el Señor un gozo en su Corazón. No se puede vivir con los sentimientos de Cristo si no descubrimos que somos amados, predilectos y que el Señor se complace en nuestras vidas. Nos mira con el Amor y la Ternura con las que una madre mira a su hijo, aunque duerma o tenga que limpiarle muchas veces sus suciedades, pero esa vida es preciosa, es un don de Dios.
     Subir al monte de la contemplación nos impulsa a bajar al valle de los sufrimientos, pero cuando se ha vivido contemplando al Señor todo tiene otro sabor, otro sentido.
+Francisco Cerro Chaves - Obispo de Coria-Cáceres

LA ORACIÓN ES LUZ DEL ALMA

          El sumo bien está en la plegaria y en el diálogo con Dios, porque equivale a una íntima unión con Él: y así como los ojos del cuerpo se iluminan cuando contemplan la luz, así también el alma dirigida hacia Dios se ilumina con su inefable luz. Una plegaria, por supuesto, que no sea de rutina, sino hecha de corazón; que no esté limitada a un tiempo concreto o a unas horas determinadas, sino que se prolongue día y noche sin interrupción.
     Conviene, en efecto, que elevemos la mente a Dios no sólo cuando nos dedicamos expresamente a la oración, sino también cuando atendemos a otras ocupaciones, como el cuidado de los pobres o las útiles tareas de la munificencia, en todas las cuales debemos mezclar el anhelo y el recuerdo de Dios, de modo que todas nuestras obras, como si estuvieran condimentadas con la sal del amor de Dios, se conviertan en un alimento dulcísimo para el Señor. Pero sólo podremos disfrutar perpetuamente de la abundancia que de Dios brota, si le dedicamos mucho tiempo.
     La oración es luz del alma, verdadero conocimiento de Dios, mediadora entre Dios y los hombres. Hace que el alma se eleve hasta el cielo y abrace a Dios con inefables abrazos, apeteciendo la leche divina, como el niño que, llorando, llama a su madre; por la oración, el alma expone sus propios deseos y recibe dones mejores que toda la naturaleza visible. Pues la oración se presenta ante Dios como venerable intermediaria, alegra nuestro espíritu y tranquiliza sus afectos. Me estoy refiriendo a la oración de verdad, no a las simples palabras: la oración que es un deseo de Dios, una inefable piedad, no otorgada por los hombres, sino concedida por la gracia divina, de la que también dice el Apóstol: Nosotros no sabemos pedir lo que nos conviene, pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos inefables.
     El don de semejante súplica, cuando Dios lo otorga a alguien, es una riqueza inagotable y un alimento celestial que satura el alma; quien lo saborea se enciende en un deseo indeficiente del Señor, como en un fuego ardiente que inflama su alma.
     Cuando quieras reconstruir en ti aquella morada que Dios se edificó en el primer hombre, adórnate con la modestia y la humildad y hazte resplandeciente con la luz de la justicia; decora tu ser con buenas obras, como con oro acrisolado, y embellécelo con la fe y la grandeza de alma, a manera de muros y piedras; y, por encima de todo, como quien pone la cúspide para coronar un edificio, coloca la oración, a fin de preparar a Dios una casa perfecta y poderle recibir en ella como si fuera una mansión regia y espléndida, ya que, por la gracia divina, es como si poseyeras la misma imagen de Dios colocada en el templo del alma.
San Juan Crisóstomo,