IGLESIA PERSEGUIDA

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sábado, 9 de diciembre de 2017

DOMINGO 10 DE DICIEMBRE, 2º DEL ADVIENTO

«PREPARAD EL CAMINO DEL SEÑOR, ALLANAD SUS SENDEROS»


     El Señor viene como nuestra tierra prometida, donde queremos habitar y vivir. Tenemos que pasar por el desierto que, como nos repite la oración colecta, es el distanciamiento de las cosas que nos alejan de Dios.
     El Adviento nos recuerda la cercanía de un Dios que sabemos que se viene a vivir con nosotros y que tenemos que acogerlo en humildad.
     El desierto es un lugar sin caminos, pobre, árido, seco, que nos invita a confiar, mirando al cielo que es el que nos guía para llegar a la Ternura de Dios, que nos espera en el portal de Belén, en la Navidad. Dicen los caminantes, los peregrinos, que en el desierto se camina y se orienta uno mejor en la noche.  En la noche brillan las estrellas, señales que nos indican el camino que lleva al destino. A los Magos los condujo a Belén. La noche en el desierto es más segura para no perderse si somos capaces de leer “los signos de los tiempos”.
     Comienza el Evangelio de Marcos, el Evangelio del catecúmeno, del que se preparaba para el Bautismo, para dar la vida, indicándonos la llamada a la conversión, a vivir “con los sentimientos del Corazón de Cristo”. Convertirse es encontrar la auténtica espiritualidad del Adviento que nos quiere preparar intensamente para vivir con la certeza, con la esperanza de que “El vendrá y está viniendo”.
     La figura referencial este domingo es Juan Bautista. Nos remite a un testigo que anuncia y allana el camino del Señor. Juan no es la Palabra ni la Vida. Tampoco lo disimula y lo dice. Es sólo indicador, allanador de los caminos del Señor. Modelo de humildad. Vive en un segundo plano, porque no quiere protagonismos que acaban siempre mal. Sólo quiere ser el que prepare el camino del Eterno Visitante.
     Preparemos nuestro corazón con las actitudes que va formando el Espíritu Santo, si le dejamos hacer para que este tiempo sea una auténtica llamada a vivir la alegría del Evangelio. El gozo de compartir y la llamada a evangelizar, a ser Buena Noticia. Roturar el camino, desbrozarlo para que podamos cumplir con la misión del amor al Señor.
     Juan Bautista es un buen testigo con su vida y su testimonio en el desierto y nos lanza a que acojamos al que viene a nuestras vidas, no como una amenaza sino como la auténtica liberación que espera todo corazón humano.
     El mejor testimonio que podemos dar con nuestra vida es contarle a todo el mundo que el paso del Señor por nuestra existencia nos ha llenado de fuego y vida como a San Juan Bautista.



Los lugares y los símbolos del adviento
  

1.- El desierto, el ámbito donde clama la voz del Señor a la conversión, donde mejor escuchar sus designios, el lugar inhóspito que se convertirá en vergel, que florecerá como la flor del narciso.

2.- El camino, signo por excelencia del adviento, camino que lleva a Belén. Camino a recorrer y camino a preparar al Señor. Que lo torcido se enderece y que lo escabroso se iguale.

3.- La colina, símbolo del orgullo, la prepotencia, la vanidad y la “grandeza” de nuestros cálculos y categorías humanas, que son precisos abajar para la llegada del Señor.

4.- El valle, símbolo de nuestro esfuerzo por elevar la esperanza y mantener siempre la confianza en el Señor. ¡Qué los valles se levanten para que puedan contemplar al Señor!

5.- El renuevo, el vástago, que florecerá de su raíz y sobre el que se posará el Espíritu del Señor.

6.- La pradera, donde habitarán y pacerán el lobo con el cordero, la pantera con el cabrito, el novillo y león, mientras los pastoreará un muchacho pequeño.

7.- El silencio, en el silencio de la noche siempre se manifestó Dios. En el silencio de la noche resonó para siempre la Palabra de Dios hecha carne. En el silencio de las noche y de los días del adviento, nos hablará, de nuevo, la Palabra.

8.- El gozo, sentimiento hondo de alegría, el gozo por el Señor que viene, por el Dios que se acerca. El gozo de salvarnos salvados. El gozo “porque la vara del opresor, el yugo de su carga, el bastón de su hombro” son quebrantados como en el día de Madían; el gozo y la alegría “como gozan al segar, como se alegran al repartirse el botín”.

9.- La luz, del pueblo del caminaba en tinieblas, que habitaba en tierras de sombras, y se vio envuelto en la gran luz del alumbramiento del Señor. Esa luz expresada hoy día en los símbolos catequéticos y litúrgicos en la corona de adviento, que cada semana del adviento ve incrementada una luz mientras se aproxima la venida del Señor.

10.- La paz, la paz que es el don de los dones del Señor, la plenitud de las promesas y profecías mesiánicas, el anuncio y certeza de que Quien viene es el Príncipe de la paz, el árbitro de las naciones, el juez de pueblos numerosos. “De las espadas forjarán arados; de las lanzas, podaderas”. “¡Qué en sus días florezca la justicia y la paz abunde eternamente!”

    Todos estos lugares, todos estos símbolos, conducirán, como un peregrinar, al pesebre de Belén, la gran realidad y la gran metáfora del adviento.