IGLESIA PERSEGUIDA

IGLESIA PERSEGUIDA

viernes, 17 de marzo de 2017

DOMINGO 19 DE MARZO DE 2017, 3º DE CUARESMA



«EL QUE BEBA DEL AGUA QUE YO LE DARÉ NUNCA MÁS TENDRÁ SED»

     El tercer domingo de cuaresma es el domingo de la Samaritana, el domingo de la sed de Cristo, el domingo en que él quiere saciar nuestra sed con su agua, que es el Espíritu Santo. El agua del que habla el evangelio de san Juan se refiere al Espíritu Santo. “De sus entrañas manarán torrentes de agua viva… Esto lo decía del Espíritu Santo” (Jn 7,37-39). También en este pasaje de la Samaritana, el agua que Jesús le ofrece es el Espíritu Santo: “Si conocieras el don de Dios y quien es el que te pide de beber, tú le pedirías y él te daría agua viva” (Jn 4,10).
     Jesús ha venido a saciar nuestra sed, y para ofrecernos su agua, se presenta ante la Samaritana junto al pozo de Sicar, pidiéndole él a ella: “Dame de beber”. Jesús entra en nuestras vidas de múltiples maneras, y muchas veces entra reclamando nuestra atención a esas múltiples necesidades que padecen los que están a nuestro alrededor, tras de las cuales se esconde él mismo como necesitado. Cuál es nuestra sorpresa cuando, atendiendo a tantas necesidades humanas, nos topamos con Jesús, porque él estaba ahí esperándonos.
     La cuaresma es camino de preparación para la Pascua, y la Pascua culmina con el don del Espíritu Santo en Pentecostés. Ese mismo Espíritu Santo que brota del costado de Cristo, traspasado por la lanza, del que salió sangre y agua. El mismo Espíritu que abrasa las entrañas de Cristo en la Cruz, hasta hacerle gritar: “Tengo sed” (Jn 19,28). El Espíritu Santo que ha resucitado a Jesús de entre los muertos y lo ha inundado de gloria, en su alma y en su cuerpo. La cuaresma prepara nuestra alma para recibir el don supremo del Espíritu Santo, purificándonos de otros sucedáneos que no calman la sed. “El que bebe de esta agua vuelve a tener sed, pero el que beba del agua que yo le daré nunca más tendrá sed”.
     “Nos hiciste, Señor, para ti y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti” (san Agustín). Este tiempo santo quiere reorientar nuestra vida hacia Dios. Nadie podrá saciar nuestra sed más que Cristo, y hemos de examinar nuestro corazón para descubrir dónde bebemos y dónde buscamos saciar nuestra sed. Es preciso corregir el rumbo, para que nuestro caminar esté orientado hacia Dios.
     Jesús conoce la vida de esta mujer de moral disipada, y no le echa para atrás esa situación. Al contrario, la busca premeditadamente. Era una mujer y además una mujer pecadora. Jesús supera estas barreras sociológicas y religiosas de su época, porque ha venido a buscar a los pecadores para introducirlos en la órbita del amor de Dios que redime. Y entabla con ella un diálogo de salvación, se pone a su nivel pidiéndole agua, para escucharla y poderle ofrecer de esta manera otro agua superior.
     La escena evangélica de la Samaritana está llena de misericordia por parte de Jesús, que no condena ni rechaza, sino que invita y espera lo mejor de cada uno de nosotros. El tiempo de cuaresma es tiempo de gracia especial para los pecadores, porque están llamados a encontrar el perdón de Dios que reoriente su vida. Cuando la Samaritana ha experimentado este amor gratuito en su vida, se ha sentido conocida y saciada por un amor que nunca había conocido. Es entonces cuando va a decirles a sus paisanos que ha encontrado al Mesías, al salvador del mundo. Y es que el apostolado, o brota de esta experiencia de un amor gratuito que se convierte en testimonio, o es simple proselitismo que no convierte a nadie ni transforma la vida.
     Preparemos la Pascua, el paso del Señor por nuestra vida. Para ello nos acercamos a Cristo que nos pide de beber para darnos él un agua que brota del corazón de Dios, el Espíritu Santo.
    Recibid mi afecto y mi bendición:

+ Demetrio Fernández - Obispo de Córdoba


REFLEXIONES PARA LA ADORACIÓN NOCTURNA ESPAÑOLA



MARZO: La Iglesia, (III)

    En el número 752 del Catecismo leemos así sobre el lenguaje cristiano acerca de la Iglesia:
     En el lenguaje cristiano, la palabra “Iglesia” designa no sólo la asamblea litúrgica (1Co 11,18; 14,19.28.34-35), sino también la comunidad local (1Co 1,2; 16,1) o toda la comunidad universal de los creyentes (1Co 15,9; Ga 1,13; Flp 3,6). Estas tres significaciones son inseparables de hecho. La “Iglesia” es el pueblo que Dios reúne en el mundo entero. La Iglesia de Dios existe en las comunidades locales y se realiza como asamblea litúrgica, sobre todo eucarística. La Iglesia vive de la Palabra y del Cuerpo de Cristo y de esta manera viene a ser ella misma Cuerpo de Cristo.
     Quisiera partir de la relación íntima entre Iglesia universal, Iglesia local y asamblea eucarística (o litúrgica en general), para ofrecer algunas reflexiones y datos de cara a nuestra contemplación y aprendizaje sobre la Iglesia.
     El principio de la Iglesia es la Iglesia una y católica, ella no nace de la suma de las Iglesias locales, ni de las comunidades eucarísticas, como su unidad no es el fruto del acuerdo o alianza entre comunidades locales o individuos. Pero toda comunidad local, que acoge la fe, los sacramentos y la vida de la Iglesia universal, está llamada a llegar a hacer presente y visible la gran Iglesia en un lugar y entre unas gentes concretas (Vid CEC 835; más ampliamente, 830-838). Y esto se visibiliza en la asamblea eucarística congregada ante el altar y presidida por el Sacerdote.

Iglesia y asamblea eucarística

El concilio Vaticano II ha destacado ampliamente esta relación entre la Iglesia y la Liturgia:

     Sacrosanctum concilium (=SC)

     n. 2 - « la liturgia, por medio de la cual “se ejerce la obra de nuestra redención”, sobre todo en el divino sacrificio de la Eucaristía, contribuye mucho a que los fieles, en su vida, expresen y manifiesten a los demás el misterio de Cristo y la naturaleza genuina de la verdadera Iglesia ».
En efecto, este precioso texto muestra la liturgia como “obra” donde se construye la Iglesia (como afirma el adagio medieval recuperado por Henry de Lubac S.I., “la Eucaristía hace a la Iglesia”), es la liturgia en cuanto fuente de la vida y actividad de la Iglesia, algo sobre lo que el Concilio volverá a insistir (Lumen Gentium = LG, 11). Pero también podemos leer esta cita de SC 2 en sintonía con SC 41 que afirma: 
     « Es necesario que todos concedan gran importancia a la vida litúrgica de la diócesis en torno al obispo, sobre todo en la iglesia catedral, persuadidos de que la principal manifestación de la Iglesia tiene lugar en la participación plena y activa de todo el pueblo santo de Dios en las mismas celebraciones litúrgicas, especialmente en la misma Eucaristía, en una misma oración, junto a un único altar, que el obispo preside rodeado por su presbiterio y sus ministros ». 
     Texto que conecta con todo el contenido de LG 26. Estas enseñanzas conciliares nos llevan a descubrir en la celebración litúrgica (en principio destinada a los fieles, vid. CEC 1118-1119) una dimensión apologética, que interpela a los no creyentes y les atrae por su belleza y verdad (la liturgia ha sido muchas veces ocasión y detonante de conversiones).

     Lumen Gentium (=LG)

     n. 26 - « El obispo, cualificado por la plenitud del sacramento del orden, es el “administrador de la gracia del sumo sacerdocio”, sobre todo en la Eucaristía que él mismo celebra o manda celebrar y por la que la Iglesia vive y se desarrolla sin cesar »« En toda comunidad en torno al altar, presidida por el ministerio sagrado del obispo, se manifiesta el símbolo de aquel gran amor y de “la unidad del Cuerpo místico sin la que no puede uno salvarse” ».
     La realidad de la Iglesia sería inabarcable, tanto por su extensión (catolicidad) como por su complejidad interna (realidad divino-humana), pero en la celebración eucarística se deja ver y se da a conocer. Pero este ver la Iglesia en cada Eucaristía, singularmente en las presididas por un Obispo, no es tan simple.

Hay que aprender a vivir la Eucaristía.

    Comentando más arriba el texto de SC 2 hemos señalado la capacidad de impresionar que puede tener la liturgia, moviendo a algunas personas a llegar a hacerse católicos. Pero la liturgia que puede provocar desde su verdad y belleza estos efectos reclama por lo general para libar su fecundo y nutritivo néctar una iniciación y formación.
     Para que la Iglesia se auto-reconozca celebrando y madure y crezca en la sucesiva participación litúrgica fructuosa, se requieren actitudes y capacitación y un saboreo orante de los dones y experiencias recibidas (Vid. SC 14c y 18-19).
     En este punto la adoración eucarística puede ayudar enormemente a este saboreo de las celebraciones.
     Apoyada en la presencia real, sustancial y permanente, se ve enriquecida enormemente por el saboreo de las lecturas de la Misa y por la consideración de los textos o ritos empleados, que pueden contemplarse a la luz de la presencia real del Señor Jesús. De este modo la celebración nos ayuda a afianzar nuestra identidad católica y a transportarla a nuestra vida entera, para ayudar así eficazmente a que el mundo crea.

Preguntas para el diálogo y la meditación.

¿Me he planteado alguna vez que el nivel de mi participación en la Eucaristía es termómetro de mi nivel de adhesión a la Iglesia?

¿Qué hago para mejorar cada día la calidad de mi participación en la santa Misa? Formación, preparación, atención.

¿Fomento y aporto lo que puedo para dignificar y embellecer las celebraciones litúrgicas como epifanías del Misterio de la Iglesia que tienen que ser? ¿Mis tiempos de adoración me ayudan a crecer en mi adhesión a la Iglesia, su enseñanza y sus obras apostólicas?